Y entonces se escucha el susurro universal: el llamado de la vida. Esa voz en el oído que habla de lo que hay allá afuera, del viento y del equilibrio.... Y del guerrero que danza en la montaña.
Son días en los que la soledad, tantas veces temida, se vuelve compañera y cómplice-guerrera. La música se transforma en arma y herramienta... generando vibras desde el núcleo mismo de la esencia... de NUESTRA esencia.
La sangre se pone densa y se siente ese recorrido infinito, el viaje que realiza desde la fibra primaria de nuestras raíces hasta el último rincón de lo que somos. Qué difícil hablar de estas cosas intangibles, que son al fin y al cabo las más reales (si es que hay realidad).
Hay una voz y una guitarra que me llaman. Hay una tierra que me espera y que me extraña. Es la tierra que guardo en mis pies, esa que no me abandona porque la llevo conmigo, en mi ojos, en mi pelo, en mi voz... Soy una con ella, soy la vasija de barro y agua de mar, que coció el sol del ecuador. Y no me quiebro y no me cambian. Y guardo un espíritu adentro, un espíritu móvil y vivo, alegre, sincero... Sin barreras y sin cordura, travieso y descarado con la adversidad. Un espíritu con risa de agua, para lavar el sistema.
Soy la vasija que no se quiebra.
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